Padecimientos y desasosiegos sufridos por la Virgen del Mar

Ya se ha hecho mención de las terribles epidemias de peste que padeció la Villa en 1503 y todo el 1596-7, que la despoblaron y diezmaron, y que motivaron súplicas, rogativas y misas con peregrinación a la ermita, así como acción de gracias y fiestas una vez superada.

En un cuadro que se halla en la ermita a modo de exvoto renovado, se reproduce uno de los sucesos que la Virgen del Mar sufrió, como a veces sus hijos e hijas devotos también lo padecieron (secuestros y apresamientos para la esclavitud): en el año de 1590 fue robada la imagen de su ermita, en un acto de piratería por parte de una fragata holandesa.

Hacia la villa de Castro Urdiales se desencadenó una formidable tempestad, los cuales corsarios que la llevaban secuestrada, atribuyeron a su sacrílego robo; por lo que determinaron deshacerse de ella arrojándola al mar. A modo de balizas dos antorchas la fueron alumbrando milagrosamente hasta que un barco de vecinos castreños la recogió. Con gran solemnidad y concurrencia fue trasladada de esa villa a la de Laredo y desde aquí a la de Santander, donde con devoción contenida fue reintegrada a su casa en la isla.

En 1656, las rogativas se hacen para invocar la lluvia, a propósito de la gran ‘seca’ que padecía esta tierra.  En la ermita, -punto estratégico del litoral-, se apostan las tropas para vigilancia y defensa de la entrada en la ciudad por su costa. Así ocurre en 1797 y 1798 en guerra contra Francia. En 1804 y 1807, contra Inglaterra. De nuevo hubo que trasladarla furtivamente, para salvarla de la soldadesca gabacha durante la invasión napoleónica de 1808 a la parroquia de San Román, donde estuvo ocultada hasta que en 1814 pudo ser de nuevo entronizada en su ermita, una vez reconstruido el puente a la misma; tres años después se vuelve a arreglar este puente que estaba maltrecho, y lo mismo ocurrió en 1824. En los primeros meses de 1836 los monjes jerónimos que durante más de cuatro siglos habían sido buenos vecinos y fieles devotos suyos, se ausentan definitivamente de su morada en Monte Corbán, obligados por las leyes estatales de la desamortización.

Durante el año de 1861 la Reina Isabel II, en su visita a Santander es invitada a trasladarse a la ermita de la Virgen del Mar, en cuyo santuario los santanderinos tenían el ferviente latido de su devoción mariana. Allí concurrió la ciudad y sus nuevos vecinos: seminaristas y clero del contiguo Monte Corbán que desde 1852 fuera ya su establecimiento y residencia. La Reina impresionada por el emotivo acto y afecto popular, regaló un precioso manto rojo con brocado de oro y dispuso que se hiciera la carretera que desde San Román condujera a la ermita.

La guerra nacional de 1936 supuso un gravísimo riesgo para el santuario y la imagen de la Virgen: el destacamento de milicianos que habitaron la ermita, después de destrozar los tres retablos barrocos juntamente con el púlpito, coro y tres altares -el mayor de nogal de estilo churrigueresco-, y apilarlos para darles fuego, hubiera consumado tamaña y diabólica fechoría (una vez arrojada allí la talla de la venerada y secular Madre y su Hijo), de no haber dispuesto la Providencia su feliz rescate de la parva de artística leña, en las personas de las jovenzucas hermanas Lorenza y Mariuca Revilla, las cuales con coraje y audacia pudieron retirarla con disimulo, y llevarla posteriormente a la casa del arcipreste de San Román, D. Lauro Fernández; salvándola así de la destrucción segura del fuego inicuo.